pasillo de Mulholland Drive


Mi peor experiencia relacionada con un ascensor

A finales de los ochenta llegaba a Madrid por primera vez, tenía 6 años, mi hermana pequeña tenía 4 recién cumplidos y mi padre se acababa de separar de nuestra madre.

Nos alojamos al principio en un Apart hotel, no recuerdo bien donde, solamente recuerdo que desde la décima planta veíamos como la sierra rodeaba Madrid.

La moqueta de los pasillos era verde y las lámparas de la pared la iluminaban con viejas bombillas incandescentes cada 12 pasos. Un día me preguntó mi padre si me atrevía a ir a  la recepción del hotel a comprar una botella de agua. Era todo un reto por esos momentos, al que quise enfrentarme por primera vez. Mi hermanita, caprichosa, quiso porque quiso acompañarme. Para que no lloriqueara accedí resignado. Maldita la hora en la que acepté, pensé a posteriori.

Bajamos hasta el final del pasillo. Recuerdo el olor de esa moqueta verde.

Mi hermana quería apretar el botón, no alcanzaba. Ya llamé yo el ascensor. La puerta de la izquierda se abrió. Bajamos, el traqueteo nos inquietó. Yo era consciente de que los ascensores se atascaban, la pequeñaja aun flotaba dentro del mar de la inocencia. Dicen que los niños pequeños empiezan con terrores nocturnos a los cinco años, cuando empiezan a ser conscientes de la muerte.

El camino hacía abajo discurrió sin ningún problema, menos eso inquietantes traqueteos.

Dentro de la cabeza de un niño de 6 años empiezan a volar miles de ruidos, que si el cable se va a cortar, que si nos caemos al hueco y morimos aplastados, que si por el techo pueden entrar bichos.

El recepcionista, un tipo gordo y con cara de pocos amigos, nos saludó y mi hermana se fue directamente a la maquina de bolitas.

-Quiero una, quiero una, quiero una…. – me dice la pequeña.

– ¿Traes monedas?-  tema finalizado.

Yo llevaba la moneda de 100 pesetas para dos botellines de medio litro. Recogí el cambio, una moneda de 25 grandota que fue directamente al bolsillo del pantalón como me había dicho mi padre.

Subimos al ascensor, apreté el 10. Se iluminó el botón durante unos segundos. Subimos y el ascensor se paró en la sexta planta. Salimos como si la planta fuera la nuestra, pero el pasillo no era igual, era mas oscuro. No era aquí. A mi me dio miedo, pero tenía a mi hermanita y me hice el fuerte. Ella empezó a lloriquear. Entramos al ascensor, bajamos a recepción y lo volvimos a intentar. El ascensor subió, pero paró en la sexta planta. El miedo, esta vez nos apretó  a ambos. Al fondo del pasillo en el claro-oscuro se podía ver la negra silueta de un hombre acercándose intentamos la planta 7, pero nada, la octava planta tampoco respondió, ni que decir tengo que ni la novena ni la décima planta respondían.

Los dos cogidos de la mano y con una botellita en la otra nos metimos en el ascensor abrazados.

Bajamos llorando a recepción, el recepcionista llamó a mi padre, no se porqué nos cayó una bronca pero desde entonces siempre que veo la señal de que menores no deben bajar sin acompañante.

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3 comentarios to “pasillo de Mulholland Drive”

  1. Folks Says:

    Se ha quedado inacabado…

  2. Pcbcarp Says:

    Sí, por dios, ¿qué pasa siempre que ves la señal?

  3. issis Says:

    jajaja, a eso se le llama suspense.

    mentira: hasta hace unos días no sabía lo que significaba la inquietud que me hacía sentir esa señal, la he recordado y me hace recordar este momento.

    finalizo: siempre que veo la señal, me hace recordar este momento.

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