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Lonely dreams

diciembre 12, 2010

Ella caminaba por las calles de Madrid. En el pelo un reflejo de las luces navideñas, que cuanto mas frío hace mas parecen brillar. En los ojos, un reflejo de escaparate, humedad reprimida para no emborronar el maquillaje.
Ese puesto iba a ser de ella y de nadie mas, se supone que en Navidades lo que mas hace falta es vendedoras guapas en tiendas… Y soñó por un instante volver a casa 5 cm mas alta, flotando sobre sus tacones, con mas dientes en su sonrisa, con el pelo teñido… Abrazar a su amado y preparando un gran plato de gambas con guindillas y limón, un cava de los que no dan dolor de cabeza…
Salió de la tienda. Las puertas automáticas se cerraron tras de si… Ni flotaba, ni brillaba y mucho menos iba a comprar nada. ¿Se hubiese sentido mejor? Si, pero le habría durado tan poco que no hubiera valido la pena. Pensó en mandar postales navideñas a a sus parientes lejanos. Una a Venezuela, otras dos a Alemania, una a Brasil, dos a Argentina, una a Barcelona y cuatro para Madrid. Recordó aquella tiendecita en South Kensington, que lujo de tarjetas: tonos diferentes, para distintas edades, todas las temáticas imaginables, sabiendo ingles o con un pensado dibujo universal.
Que asco de tarjetas!- pensó y compró papeles de diferentes texturas,colores y transparencias. Purpurina, el material del que estan hechos los sueños de los niños chicos, algodón y pegamento. Esta vez si se le corrió el maquillaje, porque el olor que otrora quitaba el hambre a los meninos da rua de la favela… Ese mocoso ya no vendería caramelos en un semáforo, seguramente yace en una poza cuajada por haber arrancado la maldita farola y haber roto la acristalada puerta de una gasolinera en medio de una guerra de bandas para robar el pan recién hecho y unas chocolatinas con cromos de animales.
Entenderse con poco dinero se hizo complicado, la ira no hacía mas que enseñar sus orejas por si acaso podía ayudar a causar algún estrago, las tijeras recortaban ávidamente. Dar regalos hechos a mano iba a generar la energía eléctrica al otro lado del globo, la de una sonrisa y de un recuerdo cercano. De noche no durmió sola, pero tampoco acompañada, su seguridad estaba pero el cálido abrazo no. Despertó entre lágrimas, le había visitado en sueños su abuelo en una silla motorizada, que frenó con precisión germánica a cuatro centímetros de una escalera. Opa llevaba un corte de pelo moderno, no es que tuviera mucho, pero lo poco que tenía, tenía hasta gomina. Sus grandes manos seguían igual de carnosas y amablemente temblorosas.
-Dime¿donde has estado?- dijo Opa.
Hacía años que no escuchaba su voz, hacía 15 años que el dolor de la vejez se había llevado la voz gruesa y bondadosa dejando paso a chillidos llagados.
-¿aun vives aquí?
-No abuelo mucho ha cambiado…
Dió marcha atrás y serio le ordenó:
-¡Llámame Opa!
– …mucho ha cambiado, Opa, el chico que Oma conoció cuando tu ya habías muerto, es ahora mi marido y ya no vivo en la casa de un exfutbolista. Inventaron los minipisos que se hacen gigantes cuando estas sola en tu cama.
Y se despertó hablando alemán entre sollozos, sabiendo la fragilidad de la verdad de sus palabras:
-„ich habe nämlich geheiratet”