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con CON… dormiras mejor

diciembre 24, 2010

Extraños movimientos de cámara, la cara no es rascada por
la mano, es mas primitivo que eso. Es frotar, ursear como lo llamo
yo. To bear, pero sin necesidad de soportar a nadie. Sonidos de
microfono frotado, antinatural en principio es lo que busco, porque
es ficción que el roce del cañon sea feo. Busco un Bello roce.
Definitiva y mente, no es del agrado de todo individuo, el
aguerrido alterado al que cualquier buena palabra le suena a ataque
no disfruta del placer que sientes al rascar tu espalda contra un
tronco. ( Personalmente pienso que la materia orgánica provoca mas
placer que la roca natural, evito la engañosa arena que finalmente
resulta mas abrasiva de lo esperado, ni el plástico que goza de los
mismos privilegios que las que las fábricas de aromas añaden a un
trozo de “corcho” alimenticio inodoro e insípido en origen.) Aclaro
que soy amigo de robles y eucaliptos, aunque el alcornoque me
resulte sumamente sensual. Prestar su piel, desnudarse para otros,
tiene un calor y una cercanía emocional primera, reptiliana, mas
sincera que la voluntad… Un dador nato sin necesidad de CON. Ese
maldito se encuentra en una chica obesa, otra chica adicta y en el
señor al que le cuesta articular su cariño, y por consiguiente es
muuuy trabajador. A una la veremos sentada-esparramada, apoyada en
una barra del metro, con una bolsa de nueces pequeñita en la que
hurgan hábiles y posteriomente culpables morcillitas. El tectec del
chocar de las nueces a ritmo de las inexactitudes de la vía, hace
que el esparrame inicial se vuelva un esparrame despreocupado.
Acunada por el tectec y el estómago, deja de ser sensible al mundo
que la rodea y cual masturbadora compulsiva, olvida los pequeños
placeres. Ya no quiere agradar, no recuerda como, el placer, la
compañia se la proporciona su sentimiento de saciedad(a su vez,
cada vez mas lejano) Al señor lo veremos en el coche de su anciana
vecina, le recuerda a su propia abuela, única bondad infantil
petrificada en su memoria. Siempre llega el primero, no soporta los
atascos, le parecen una pérdida de tiempo y es consecuente con este
pensar (no como muchos). No es popular, sería contradictorio,
aunque más que respetado es temido, hasta por sus jefes… que
saben que arderán en el infierno por exigirle más que a otros
peones. Sale el último de la oficina, sin olvidar pasar por esa
gasolinera que rebosa de productos inútiles, pero a los que tiene
acostumbrada a su abuela adoptiva. Caminar, caminar, caminar,
caminar…. hacer, hacer, hacer,…. es una órden constante de ese
cerebro que le cuesta desconectar. Un orfidal al día es lo que le
recomendó el médico cuando le visitó hace 7 años, ahora se
automedica y si no basta uno, pues bien pueden llegar a ocho o
nueve.
Nuestra tercera protagonista aparentemente no es tan diferente a
otros, de hecho la rodeamos sin saberlo todos los días en sitios
publicos, es aquella modernísima desconectada del afecto, es amiga
y nada mas, escucha y sobre todo desconecta bien. Es muy
responsable en su trabajo aunque la última hora le cueste horrores
concentrarse. Tiene suerte que en su trabajo, se le presupone una
actividad social. Está bien vista esa salida nocturna, café, bar,
caña, cigarrillo, gin-tónic, sonrisa, cambio de garito, cigarrillo
aderezado, carcajada, discoteca, raya, rayita, copita, desmadre. No
es consciente de todo lo que se mete, pero ¿hay que vivir a tope,
no? Ducha rápida, colirio, tonopan, meditación trascendentalísima
concentrada para empezar el día.
otra idea para un docu social.

Lonely dreams

diciembre 12, 2010

Ella caminaba por las calles de Madrid. En el pelo un reflejo de las luces navideñas, que cuanto mas frío hace mas parecen brillar. En los ojos, un reflejo de escaparate, humedad reprimida para no emborronar el maquillaje.
Ese puesto iba a ser de ella y de nadie mas, se supone que en Navidades lo que mas hace falta es vendedoras guapas en tiendas… Y soñó por un instante volver a casa 5 cm mas alta, flotando sobre sus tacones, con mas dientes en su sonrisa, con el pelo teñido… Abrazar a su amado y preparando un gran plato de gambas con guindillas y limón, un cava de los que no dan dolor de cabeza…
Salió de la tienda. Las puertas automáticas se cerraron tras de si… Ni flotaba, ni brillaba y mucho menos iba a comprar nada. ¿Se hubiese sentido mejor? Si, pero le habría durado tan poco que no hubiera valido la pena. Pensó en mandar postales navideñas a a sus parientes lejanos. Una a Venezuela, otras dos a Alemania, una a Brasil, dos a Argentina, una a Barcelona y cuatro para Madrid. Recordó aquella tiendecita en South Kensington, que lujo de tarjetas: tonos diferentes, para distintas edades, todas las temáticas imaginables, sabiendo ingles o con un pensado dibujo universal.
Que asco de tarjetas!- pensó y compró papeles de diferentes texturas,colores y transparencias. Purpurina, el material del que estan hechos los sueños de los niños chicos, algodón y pegamento. Esta vez si se le corrió el maquillaje, porque el olor que otrora quitaba el hambre a los meninos da rua de la favela… Ese mocoso ya no vendería caramelos en un semáforo, seguramente yace en una poza cuajada por haber arrancado la maldita farola y haber roto la acristalada puerta de una gasolinera en medio de una guerra de bandas para robar el pan recién hecho y unas chocolatinas con cromos de animales.
Entenderse con poco dinero se hizo complicado, la ira no hacía mas que enseñar sus orejas por si acaso podía ayudar a causar algún estrago, las tijeras recortaban ávidamente. Dar regalos hechos a mano iba a generar la energía eléctrica al otro lado del globo, la de una sonrisa y de un recuerdo cercano. De noche no durmió sola, pero tampoco acompañada, su seguridad estaba pero el cálido abrazo no. Despertó entre lágrimas, le había visitado en sueños su abuelo en una silla motorizada, que frenó con precisión germánica a cuatro centímetros de una escalera. Opa llevaba un corte de pelo moderno, no es que tuviera mucho, pero lo poco que tenía, tenía hasta gomina. Sus grandes manos seguían igual de carnosas y amablemente temblorosas.
-Dime¿donde has estado?- dijo Opa.
Hacía años que no escuchaba su voz, hacía 15 años que el dolor de la vejez se había llevado la voz gruesa y bondadosa dejando paso a chillidos llagados.
-¿aun vives aquí?
-No abuelo mucho ha cambiado…
Dió marcha atrás y serio le ordenó:
-¡Llámame Opa!
– …mucho ha cambiado, Opa, el chico que Oma conoció cuando tu ya habías muerto, es ahora mi marido y ya no vivo en la casa de un exfutbolista. Inventaron los minipisos que se hacen gigantes cuando estas sola en tu cama.
Y se despertó hablando alemán entre sollozos, sabiendo la fragilidad de la verdad de sus palabras:
-„ich habe nämlich geheiratet”